martes, 07 de febrero de 2012
Origen de la crisis: la codicia
La historia de los grandes fiascos financieros, desde la fiebre por comprar tulipanes de Holanda en el siglo XVII a la fiebre por comprar casas en nuestros días, es que siempre se aprende la misma lección: no hay que vivir por encima de tus posibilidades y no debes endeudarte demasiado.
28 / 07 / 2010
La historia de los grandes fiascos financieros, desde la fiebre por comprar tulipanes de Holanda en el siglo XVII a la fiebre por comprar casas en nuestros días, es que siempre se aprende la misma lección: no hay que vivir por encima de tus posibilidades y no debes endeudarte demasiado.

Una de las pruebas de que el sobreendeudamiento es como un virus que acecha a la humanidad en oleadas, es que en los últimos diez años, los españoles se dejaron enganchar por el anzuelo de la deuda hipotecaria con el atractivo de que el dinero era muy barato. Gran error: el dinero no es barato. Siempre hay que devolverlo. Los intereses pueden ser elevados o miserables, pero la cantidad prestada por el banco irremediablemente se tiene que devolver: con o sin intereses, pero se devuelve.

Los españoles sobrepasaron su capacidad de endeudamiento en la primera década del presente siglo porque los tipos de interés llegaron a estar por debajo de la barrera del dos por ciento. Es quería decir que por cada cien euros pedidos en préstamo al banco, había que devolver dos euros al año. No es realmente esa la fórmula exacta que se emplea en las hipotecas, pero este ejemplo se acerca bastante a la idea que se pretende exponer: al creer que los tipos de interés iban a permanecer bajos durante mucho tiempo, las familias pidieron dinero con enorme facilidad. Y como los bancos viven de cobrar dinero por el dinero, prestaron esa savia financiera con enorme generosidad.

De modo que sucedió lo siguiente: en lugar de que la deuda hipotecaria representara el 35% de los ingresos de una familia, lo cual suele estar en los límites de lo razonable, esa deuda ascendió al 50% e incluso más. Los españoles no tenía miedo de endeudarse porque pensaban que con las subidas de sueldo futuras, y debido a que el coste de la vida se ha reducido en muchos apartados (los ordenadores, los viajes y muchos productos de primera necesidad son más baratos que hace diez años), todo ello serviría para compensar el alto endeudamiento.

El asunto no estaba mal planteado salvo por un detalle: si los tipos de interés de esos cientos de miles de hipotecas hubieran sido fijos, la fórmula serviría a medio plazo. Pero no tuvieron en cuenta que los tipos de interés variables son una trampa terrorífica porque en algún momento en el futuro tienen que subir.
Eso es así por la simple ley de las probabilidades. Si usted pide un crédito al 2% a 30 años, es muy difícil creer que en esas tres décadas no llegará un momento en que suban. Por algo se llaman tipos variables.

En los primeros años de este siglo, los tipos se mantuvieron más o menos en límites aceptables. Los bancos se sirvieron de esa tasa tan baja para convencer a sus clientes de que aceptaran tipos variables porque “nunca iban a subir”. Los clientes comprendían que eran más baratos que los fijos (un fijo casi duplicaba a uno variable), de modo que no dudaban en pedir créditos variables.
Llegado 2008, el Banco Central Europeo pensó que había que subir los tipos de interés. Estaba asustado por la subida de la inflación en las economías más potentes de Europa: Francia y Alemania. Y la única fórmula de la que dispone para bajar la inflación es subir los tipos. Funciona como una polea. Suben los tipos, baja la inflación.

Pero el BCE no tomó en cuenta que la inflación no estaba subiendo por un exceso de demanda, es decir, no se debía a que millones de personas se habían dedicado a asaltar los comercios y a vaciar las estanterías gastando sus ahorros, lo cual hacía que los comerciantes subieran los precios para ganar más dinero.
No. Lo que sucedía era que el precio de la gasolina estaba subiendo y dado que la energía es la base del transporte, y todas las mercancías se transportan, los comerciantes subían de precio sus productos para compensar este incremento indeseado.

¿Por qué subía la gasolina? Porque subía el petróleo. ¿Por qué subía el petróleo? Porque China e India estaban comprando muchos barriles para apaciguar sus ganas de crecer. Pero también porque un grupo de fondos de inversión libre (llamados hedge funds) se dio cuenta meses antes, de que si compraban barriles de petróleo iban a ganar mucho dinero dado que China e India, ambas con 2.300 millones de habitantes, necesitaban cada vez más petróleo. Pero el mismo hecho de querer hacerse ricos con la subida del petróleo, provocaba la subida de precio. Era una pescadilla que se mordía la cola a propósito.

De modo que el barril de petróleo llegó a subir hasta los 150 dólares, una cifra nunca vista en la historia. Los transportistas tuvieron que subir las tarifas de transporte para pagar la gasolina, y los comerciantes, incrementaron un poco sus márgenes para no perder dinero.

Al BCE le bastaron esos signos para subir a su vez el precio del dinero. Es el llamado tipo de interés, es decir, lo  que cobra a los bancos comerciales cuando éstos acuden al Banco Central Europeo a por el dinero que les falta. A mediados del año pasado, el tipo de interés del BCE subió al 4,5%. Inmediatamente, todas las hipotecas que empezaron a renovarse a partir de esa fecha, sufrieron el golpe: una familia que pagaba unos 800 euros al mes por su hipoteca, empezó a pagar 1.200 euros y más. Era demasiado.

Fue entonces cuando muchos descubrieron que los tipos de interés variables y su onerosa hipoteca, se pagaban con sangre.

Pero junto a miles de familias hipotecadas hasta las cejas, creció en aquellos años otro tipo de cliente de bancos: el especulador de pisos. Eran personas que, azuzados por el dinero fácil, pedían créditos para comprar pisos, daban la inicial y luego se salían del mismo “dando el pase”. Con esta técnica, podían saltar de un piso a otro y ganar una pequeña fortuna en poco tiempo. Desde taxistas hasta fontaneros, desde pequeños empresarios hasta fondos de alta especulación, miles de personas se dedicaron generosamente a invertir en pisos y casas “sólo como puro negocio”, es decir, no para habitar en ellas o tener una pensión asegurada mediante la renta de los alquileres, sino por el placer de ganar dinero en poco tiempo. La Bolsa era menos rentable.

Los bancos y las cajas de ahorro, encantados de que la noria del dinero se siguiera moviendo a esa velocidad, contribuyeron a este giro liberando cantidades prodigiosas de dinero. Y como no lo podían obtener en España, se dedicaron a pedir dinero a entidades extranjeras, que se lo cobraban gustosamente con un pequeña comisión: es el llamado euríbor, el dinero que los bancos se prestan entre sí, y que no sólo es el índice de la confianza que sienten unos bancos por otros, sino la aguja que marca el crédito hipotecario de millones de familias.

Por la simple ley de causa y efecto, ¿qué se podía esperar de un país que estaba enterrando sus recursos y sus ahorros en pisos? Que la industria de la construcción y el mercado inmobiliario se convirtieran en un gran parque de atracciones. En pueblos desconocidos o en costas turísticas, junto a grandes metrópolis o en páramos ignorados, surgieron urbanizaciones, enjambres de edificios, potentes corazones empresariales trufados de naves industriales, proyectos de futuras urbanizaciones, centros costeros con campos de golf para millonarios de “quiero y no puedo”, y España alcanzó el record de tener más grúas que ningún otro país de Europa. Fue el gran órdago económico pues se apostó toda la fortaleza de la nación a una carta muy peligrosa pues nadie previó que el día en que cambiase el ciclo, los ladrillos y el cemento estaban hechos de una materia tan dura, que no podían amortiguar la crisis.

Y fue eso lo que sucedió.

En Alemania, donde la crisis también ha aterrizado para espantar las esperanzas, la economía no está basada en el ladrillo sino en los coches y en la alta tecnología. Un coche alemán se puede bajar de precio y exportar  cualquier país del mundo en cuestión de días. Con o sin crisis. Pero una casa en Antequera o un edificio en la Costa del Azahar, no se mete en un barco en tiempos de crisis para exportarlo a Corea del Sur o Finlandia. Es un ataúd que baja de precio y que es inmóvil.

Lo mismo pasó en Estados Unidos. Millones de norteamericanos se dedicaron a pedir créditos hipotecarios y al consumo cuando el banco de la Reserva Federal bajó los tipos de interés al 1% en 2002 y Bush dijo: “Quiero que cada americano sea dueño de su casa”.

Bush hizo lo que haría cualquier político: soñar con un país de propietarios. Pero el sistema bancario interpretó este sueño como una orgía y prestó dinero incluso a aquellos que no tenían dinero, trabajo, ni avales: a los ninjas (no income, no jobs, no assets). Al igual que sucedió en España, el día en que los tipos de interés comenzaron a subir, allá por 2007, miles de familias americanas abandonaron sus casas y dejaron las llaves en el buzón de las oficinas bancarias: fue entonces cuando estalló la crisis en EEUU, muy parecida a la que había estallado en tiempos de Florence Thompson. Tras las familias, cayeron las firmas hipotecarias; tras ellas, los fondos que invertían en hipotecas; tras ellos, los bancos comerciales que invertían en esos fondos; y tras ellos, el mundo entero.

Muchos economistas norteamericanos achacan la crisis a los gobiernos conservadores: a Bush por estimular la compra de pisos, a Reagan por bajar los impuestos y eliminar las trabas al libre mercado. Otros lo achacan a la falta de decisión y a los errores de los bancos centrales de todo el mundo.
Quizá todo sea más sencillo y está encerrado en las palabras de la una limpiadora llamada Katherine McIntosh, que fue inmortalizada al salir en una foto que describía la crisis que asoló EEUU en los años treinta: “Hay que ahorrar dinero y no vivir por encima de sus posibilidades”.

La codicia es la fuerza que alimenta el progreso, según muchos economistas, pero la misma fuerza de la codicia es la que provoca las grandes crisis financieras. Un sistema basado en el ahorro y en no vivir por encima de las posibilidades es el que proponía hace años como ejemplo el que fue presidente de la aseguradora francesa AGF, Michel Albert, en su libro “Capitalismo contra capitalismo”. Según Albert, el capitalismo europeo poseía una esencia conservadora, rural y poco aventurera que le incitaba a ahorrar, a prever el futuro y a buscar ganancias a largo plazo. En cambio, el capitalismo americano, buscaba las ganancias a corto plazo, e incitaba a la especulación. De ahí que el sistema americano sea siempre más vulnerable a las crisis que el europeo o el japonés.

Si es cierto lo que dice Albert, la base de las crisis es una cuestión de visión moral más que financiera. Habría una visión europea, más conservadora, quizá más aburrida, pero más humana. Y otra, más neoyorquina, más divertida y seguramente más aventurera, pero que al final acaba siendo destruida como una cabaña de paja. No va muy descaminado Albert cuando en Canadá, los bancos apenas han sufrido la crisis porque apelaron a la forma europea de hacer negocios: no especular con productos de alto riesgo, no meterse en innovaciones financieras, guardar dinero, no azuzar a los clientes a que se endeuden excesivamente, no buscar la rentabilidad a corto plazo…. Hoy los bancos canadienses ocupan puestos destacados en la lista de los bancos más solventes de mundo. Como dijo en ciuerta ocasión el presidente del Royal Bank of Canada: “No imitamos a los bancos americanos ni invertimos en productos de riesgo”.

¿Realmente esa es la visión americana de los negocios?

En Estados Unidos se puede encontrar una corriente de personas que ven los negocios a largo plazo, y que invierten de forma mucho más prudente. Apegados a los viejos valores de los pilgrims (los peregrinos calvinistas que desembarcaron en el siglo XVII), durante muchos años bancos y empresas de éxito en EEUU se sintieron herederos y deudores de una forma europea de hacer negocios: lo importante no es el dinero, sino el trabajo y lo que se puede construir con él. De hecho en el libro “Den of thieves” (Cueva de ladrones), el periodista norteamericano James Stewart explica que a principios de los años setenta, los grandes bancos de inversión americanos no quisieron entrar en el tráfico de operaciones de compra venta de empresas porque lo consideraban inmoral: para ellos era inmoral trocear empresas y despedir a miles de trabajadores. Lo mismo sucedió con las agencias de calificación financiera como Moody’s que se enorgullecía en los años cincuenta de no recibir dinero de las empresas a las que tenía que calificar. Como narro en mi libro “La crisis explicada a sus víctimas” (Áltera, 2009), el vicepresidente de Moody’s escribía en un artículo en 1957 en la revista Christian Science Monitor, lo siguiente. “Moody’s no saca un solo céntimo ni obtiene ingresos [de las empresas a las que califica], aunque el proceso de calificación crea un gasto directo que es medible». Y añadía: «Por supuesto que no vamos a pedir dinero por calificar una emisión de bonos». «Hacer eso no sólo supondría añadir un coste al proceso, sino que no podríamos escapar, sin duda alguna, a la sospecha de que nuestras calificaciones se venden a cualquiera». Para explicarlo con más sencillez, sería tan inmoral como que un juez fuera pagado por la persona a la que está juzgando.

Pero poco a poco, el país se dejó llevar por otra forma de hacer negocios más cosmopolita, más moderna, más compleja y seguramente más atractiva de los bancos recientes, que al final ha acabado socavando las bases de su propio sistema de valores. Por eso, el mundo estará sometido periódicamente a las cargas de profundidad de las crisis económicas mientras la base de su economía esté compuesta por ese tipo de valores especulativos. Es lo que sucede cuando el universo de las finanzas y de la empresa se olvida de sus viejas prácticas comerciales tradicionales: dar un servicio a la comunidad y ganar dinero.
El sistema financiero moderno se preocupó sólo de encontrar vías rápidas de ganar dinero. Se dejó llevar por la codicia.

Fernando Puente

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